Érase una vez un niño, en una
comunidad alejada en la selva, al que le gustaba mucho ir al río a pescar, lo
cual deseaba con mucho fervor, sin embargo no siempre había quien lo lleve ya
que no estaba permitido que vaya solo.
Un día una de sus tías partió en
dirección al río y él entusiasmado por la idea de pescar la siguió hasta allá.
La tía del niño, quien no sentía especial afecto por él, se percató del hecho y
decidió que lo abandonaría en el lugar en cuanto éste se descuidara. Tan pronto
como el niño se distrajo ella emprendió el regreso a escondidas, dejando tras
de sí espinas que bloqueaban el único camino de vuelta.
El niño entretenido pescando no
se dio cuenta sino hasta pasado un largo rato, y cuando quiso volver no supo hacia
donde ir. Después de mucho tratar encontró el camino de regreso pero las
espinas en el camino lo hicieron desistir de la idea. Sin otra alternativa decidió volver al río
para seguir pescando, hasta que ya muy entrada la noche y viéndose solo, se
puso a llorar amargamente y se subió a un árbol de cedro con la finalidad de
pasar ahí la noche, dejando la canasta de peces junto a un tronco seco.
Su madre desesperada al notar que
su hijo no estaba por ninguna parte se puso a preguntar, incluso preguntó a su
hermana, quien negó conocer algo al respecto, es así que ella decidió salir en
su búsqueda yendo al lugar del río donde sabía que a su hijo le gustaba pescar.
Con las manos heridas después de
haber quitado las espinas del camino, logró escuchar un sollozo a lo lejos.
Siguiendo angustiosamente el sonido del llanto, la madre logró verlo en el
árbol cerca del lecho del río y le pidió que baje, pero éste se negó a
obedecer, molesto y triste porque ya había llorado demasiado, solo le pidió a
su madre que recogiera la canasta con los peces y se fuera del lugar.
La madre lo esperó y le rogó, pero
el niño no desistió de su capricho. Al pasar las horas y hacerse más oscura la
noche el niño decidió entrar por un agujero grande que encontró en el tronco
del árbol, una vez el niño estuvo dentro todo el árbol explotó misteriosamente
causando gran estruendo y estupor, dejando en su lugar un oso, que no era otro
sino el niño transformado en animal.
La madre debatiéndose entre el
miedo, el dolor y la tristeza contempló al que antes fue su hijo internarse en medio
de la selva seguramente para pescar en otro río más lejano, y no le quedó más
remedio que darse vuelta y regresar al pueblo sin mirar a atrás.
Leyenda Awajún
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